PUNTO Y APARTE | Por Lily Herrera
Ahora, el nombre de Guadalupe Taddei, consejera presidenta del Instituto Nacional Electoral (INE), está en el centro de la polémica tras la difusión de videos en los que aparece uno de sus hijos junto a José Alfredo Hernández Casillas, empresario vinculado con compañías que han recibido contratos millonarios de instituciones electorales.
Las imágenes difundidas en redes sociales muestran al joven en una lujosa habitación de París, compartiendo champaña con el contratista. Una postal de lujo que contrasta con las preguntas que hoy rodean las contrataciones públicas: ¿quién pagó el viaje?, ¿quién cubrió el hospedaje?, ¿cuál es la naturaleza de la relación entre el empresario y la familia de la funcionaria? Porque una cosa es viajar a París y otra muy distinta es hacerlo con quien está vinculado con proveedores que reciben contratos de una institución pública.
La polémica no surge de la nada. Hernández Casillas está relacionado con empresas que, según las publicaciones periodísticas, han obtenido contratos por cientos de millones de pesos. Taddei, por su parte, ha rechazado que exista un conflicto de interés y ha manifestado su disposición a que se realicen las revisiones correspondientes.
Y aquí es donde la historia deja de ser una simple fotografía de lujo para convertirse en un asunto de interés público. A eso se suma el escrutinio sobre los vínculos familiares y los cargos públicos que han ocupado personas cercanas a Taddei en Sonora.
Porque en México parece que los escándalos tienen una curiosa costumbre: empiezan señalando al adversario y terminan tocando otras puertas. Y cuando las sospechas alcanzan a quienes deben vigilar la limpieza de las elecciones, la exigencia de rendición de cuentas no puede depender del partido al que pertenezcan.
En la política mexicana, al parecer, nadie tiene la exclusividad de los escándalos. Una habitación de lujo en París no demuestra por sí sola un delito, como tampoco un discurso de honestidad garantiza que todo esté en orden. Porque la democracia no solamente necesita elecciones limpias, también necesita instituciones que puedan explicar, sin rodeos, quién paga la champaña cuando la cuenta termina bajo sospecha.
En México, la auteridad parece ser como el clima: depende de dónde te toque vivirla, pues mientras unos cuentan los pesos, otros cuentan las noches en París.

